Publicado: 4 abril, 2013 en Comuniación

A estas alturas, cuando ya estábamos todos de acuerdo en que la relación entre significante (las palabras) y significado (lo que significan), a pesar de ser arbitraria, correspondía a un acuerdo tácito por convención, llega el Gabinete de Comunicación del PP y se plantea ponernos patas arriba toda esta urdimbre semántica en la que se asienta nuestro lenguaje, para que luego digan que en las universidades privadas regalan los aprobados.

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Y es que, quizás, habiendo conseguido la gesta de conseguir mayoría absoluta en unas elecciones presentando un programa electoral falso, el listón ha de ser situado en unas cotas en las que sólo habitan las Matemáticas, la Historia o el propio Lenguaje.

El acto es de un cinismo tal, de una maldad tal, que supone atravesar aquella frontera inimaginable de lo que es intrínsecamente humano: te podrán arrebatar la Sanidad, la Educación, tus ahorros, tu libertad, hasta la vida… pero jamás podrán despojarte de tu lengua.

Más que nada porque, hasta hoy, que nunca se sabe, era una institución que nos sobrevivía. Pero en este maquiavélico juego léxico semántico con el que lo único que pretenden es confundir al personal al rescate se le llama “línea de crédito”, a los recortes del Estado del bienestar, “reformas estructurales necesarias” y, al repago, “copago”. La subida del IVA era un “cambio en la ponderación de los impuestos” y la recesión económica, “crecimiento negativo”.

El mismo que, con su acto u omisión, permite que miles de familias sean expulsadas de sus casas y arrojadas a la puta calle pasa a ser la víctima; y quien se ha visto obligado a vivir en el portal de la misma entidad financiera que lo ha desahuciado es ETA.

Si separamos las cosas de su significado, si no sabemos qué decimos cuando pronunciamos “ETA”, “víctima” o “democracia”, estaremos perdidos, y Babel resonará en la historia como el recuerdo vintage de una primitiva fiesta de Erasmus comparado con la que se nos vendrá encima. Yo ya he empezado a colocar, como en Macondo, pósit en mis objetos cotidianos para no olvidar nunca qué era cada cosa. Quién sabe, quizás deberíamos empezar todos a hacerlo.

Fuente: Pablo Poó

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